Muerte, esoterismo y reencarnación (J. Alexander)


Capítulo I (cita parcial)
Si hay una cuestión que no se considera de buen gusto tocar en esta sociedad que se ufana de la carencia de tabúes es la referente a la muerte.

Ya sea con personas físicamente sanas o con aquellas que padecen alguna enfermedad grave, no está bien visto, en general, tratar de este asunto; en el primer caso se arguye que primero hay que vivir y luego ya habrá tiempo de ocuparse de tan tétricos asuntos, pero si ocurre que se presenta alguna grave enfermedad, se objeta que no hay que preocupar a enfermo para no agravar su situación.

Sin embargo, semejante panorama de círculo vicioso sólo es característico del mundo moderno y, particularmente, de Occidente; en todas las restantes épocas y culturas la muerte se consideraba como parte de la vida y no se intentaba disimular lo evidente.

Durante los dos o tres últimos siglos ha habido, primero en Occidente y luego en el resto del planeta, un cambio de mentalidad más o menos paulatino que desembocó a fin de cuentas en sustituir la adoración a lo Divino por la adoración de facto de sólo el mundo visible y del método científico; como resultado, el ídolo al que adoran y en el que creen actualmente las masas, ya sea consciente o inconscientemente, es la idea de Progreso.

Primero se fue recortando toda la realidad hasta no abarcar más que el mundo al que alcanzan los sentidos habituales y, a partir de ahí, dado que los progresos en lo material son indiscutibles, era fácil extender la creencia en el progreso para sustituir a la antigua religión; era aún más sencillo, habida cuenta de que el Cristianismo dominante ha ido dejando de lado las cuestiones propiamente metafísicas -Dios, los ángeles, el más allá, etc.,- ocupándose preferentemente de asuntos morales, con el funesto resultado que cabía prever.

Con todo, desde hace algún tiempo están apareciendo grietas en la gran muralla del sistema y la inminencia del Nuevo Milenio las irá ensanchando de día en día.

Acerca de la cuestión de la muerte, la obra del Dr. Raymond Moody, Vida después de la vida, publicada justamente un cuarto de siglo antes del Nuevo Milenio, marca sin duda un giro importante en el interés del público, si bien precedido por libros como los de Elisabeth Kubler Ross.

A partir de dicha publicación se observa un interés creciente por las experiencias de casi muerte, la reencarnación, los viajes chamánicos, que no ha dejado de aumentar. Se está acabando con el tabú pero, al mismo tiempo, ¿no crece también la desorientación? Parece -se piensa ahora- que las religiones occidentales negaban la reencarnación, mientras que avivaban el fuego del infierno eterno; por su parte, las religiones orientales defienden con la reencarnación una idea aparentemente más lógica y equitativa sobre lo que sucede tras la muerte.

En el presente texto se demuestra que las enseñanzas de las diferentes tradiciones sagradas son compatibles entre sí y también con los datos que parecen aportar las experiencias cercanas a la muerte.

Fuentes: capítulo I de elibro y Google para ilustración

3 comentarios:

Bet del Mar dijo...

Creo que el hombre que niega la muerte es porque todavía no encontró el sentido a la vida. El miedo o tabú al dejar de ser, de existir, es por
no haber tenido aún la experiencia del "ser". "Amigarnos" con la muerte, llevarla a nuestro lado como maestra y aprender de ella. Saber que la muerte y la vida, en definitiva, son instancias de el ser que transita por este camino. Si nacemos, morimos.
Una sociedad que vive hacia afuera, en donde la interioridad, el mirar para dentro, lo esotérico, es negado, obviamente temerá a la muerte y la evadirá distrayéndose en la superficie de las cosas para no enfrentarse a ella, creando así más inseguridad y más miedo.
Gracias por el aporte, saludos: Bet

rusoazul dijo...

Gracias por tu visita y comentario.

En un plano más práctico, creo que el reconocimiento de la muerte y su enseñanza en el aspecto de incluirla como parte de nuestra educación y vivencia, redundaría también en un mayor respeto hacia la mortalidad de los demás, al percartarnos de la nuestra propia y de nuestra fragilidad.

Es decir, pensando tal vez muy útopicamente, causaría un descenso de la criminalidad.

Saludos.

Bet del Mar dijo...

Seguramente así sucedería, el plano práctico es la consecuencia.
Un hombre que sabe quien es y para que está aquí, naturalmente respeta a los otros seres. Las leyes están hecha para los bárbaros, para aquellos que aún no se han encontrado a si mismos. Si el hombre asume su naturaleza, respeta la vida y la muerte, respeta la Creación. Por eso la Revolución siempre es interna. Pretender cambiar al mundo y no cambiar uno, nunca nos ha conducido a nada, siempre fueron esfuerzos estériles.